Así nació esta aventura. No desde la perfección ni desde la técnica, sino desde ese lugar íntimo donde uno recuerda que hacer arte es, ante todo, un acto de amor propio. Porque nos salva. Sin importar si somos profes, estudiantes, artistas o simple público que se deja tocar.
No queríamos un espectáculo lleno de adornos. Queríamos una historia que hablara de lo esencial: de la presencia, del amor, de ese milagro cotidiano en el que nos sostenemos unos a otros cuando la vida decide ponerse en nivel experto. Queríamos recordarnos, y recordarle a quien quisiera escuchar, que lo valioso nunca ha sido lo que se compra, sino lo que se comparte. Que la Navidad, como la vida misma, sucede en el abrazo que damos justo antes de entregar el “regalo”.
El primer paso fue saltar. Detrás vino el caos hermoso de más de 300 cuerpos afinando la misma intención. Ensayar era como acompañar una tormenta: imposible de controlar, pero perfecta en su desorden. Y en medio de esa marea humana entendí lo obvio: nadie surfea solo. Martha Mosquera hizo que los más pequeños se convirtieran en luz. Karen Romero llevó a los jóvenes a danzar como quien ve un río respirar. La música de Néstor Vergara y el coro guiado por Mauricio Jaramillo no sonó: latió. Nikol Vivas y la maestra Jeny Higuera pintaron atmósferas que no se miran, se sienten en la piel. Y todo estuvo sostenido por las manos silenciosas que impiden que el mundo se caiga… las manos de Eliana Amézquita.
Cuando llegó el estreno no sentí triunfo. Sentí un silencio raro, íntimo e inefable, como el instante previo al llanto de un pequeño recién nacido. Y entonces ocurrió lo que ningún manual puede explicar: el público comenzó a respirar al mismo ritmo que nosotros. Hubo lágrimas por doquier, sonrisas que no se escondieron, aplausos que se escaparon antes de tiempo como si el corazón no hubiera pedido permiso a la razón. Los niños, niñas y jóvenes brillaron sin miedo, iluminados por algo que todavía no saben cómo nombrar, pero que ya los habita.
Ese día confirmé una verdad simple y enorme: el arte tiene la capacidad de transformar las vidas de quienes eligen ser transformados… y por si eso no fuera suficiente, también salva. No salva el mundo, pero salva dentro del mundo. Salva del ruido, de la prisa, del desconectarnos de nosotros mismos. Salva al recordarte que perteneces a algo más grande que tu propio relato.
Lo que me queda es la certeza de que la valentía no siempre aparece como un grito de guerra. A veces llega como un grupo de personas decidiendo vibrar juntas. Aprendí a confiar, a soltar, a ser asertivo cuando todo cuesta, a elegir primero los corazones de los y las pequeñas artistas, antes que el show. Aprendí que crear no es imponer una visión, sino permitir que muchas voces la vuelvan inevitable.
Y, casi como un regalo, volvió a mí una frase que llevo toda una vida escuchando: Indivisa manent. Lo unido permanece.
Este musical no fue un espectáculo. Fue un acto de presencia. Un recordatorio de que el arte, cuando nace desde la honestidad, siempre transforma… y siempre, siempre salva.
Escrito por Nicolás Santafé Mejía.
No un artista ni un maestro…
un salvado.









